La casa de los espíritus, la primera novela de Isabel Allende, volvió a aparecer justo cuando menos lo esperábamos. No como una simple historia para ver y olvidar, sino como un espejo incómodo que empezó a reflejar algo que todavía no terminábamos de procesar.
Era viernes. Queríamos tomarnos unas cervezas. Pasar la tarde. Normal.
No había sillas en el sitio al que solemos ir, pero alguien nos cedió el puesto y nos puso conversación, algo raro en esta ciudad de gente “amable”, pero cerrada hasta la médula.
Nos preguntó por la comida. Por el trabajo. Por cualquier cosa. Una conversación anodina, de esas que uno no sabe cómo cerrar porque realmente no entiende muy bien por qué comenzó.
Pasaban las horas. Él no se iba. Decidimos irnos nosotros.
Y pasó.
Sentíamos desde el inicio que iba a pasar. Algo. Pero no eso.
No que alguien se pusiera a gritarnos en medio de la calle. Que las palabras empezaran a convertirse en amenaza.
Todo por una conversación política cualquiera.
Por decir que no estábamos de acuerdo.
Por insinuar algo tan básico como que todos deberíamos tener derecho a vivir tranquilos en este país.
No quiero ahondar más en lo que pasó, sólo quiero detenerme en un detalle, en su mirada.
Ya había visto esa reacción airada en redes sociales, donde el anonimato protege y las palabras parecen perder consecuencias.
Todos los días bots energúmenos, y otros muy humanos, cruzan insultos y amenazas de un lado y del otro. Pero pocas veces te cruzás con una mirada así.
Una mirada que te dice que sos el otro.
Cuando te miran así, ya no te ven.
Al día siguiente, todavía inquietos por lo ocurrido, lo único que queríamos era no pensar. Desconectarnos.
Pusimos Amazon Prime. Y ahí estaba, La casa de los espíritus, la nueva adaptación de la obra de Isabel Allende.
Nos devoramos los ocho capítulos. Sin pausa. Uno tras otro.
Buscando escapar, nos terminamos enganchando con una historia que resonaba de forma incómoda con lo que habíamos acabado de vivir.
Se nos llenó la “casa”

Es difícil hablar sobre La casa de los espíritus porque uno siente que ya todo está dicho. A veces reducida injustamente a ser la Cien años de soledad chilena, la novela de Isabel Allende es realmente otra cosa. Una forma de entender las violencias que atraviesan la historia de las mujeres y cómo esas heridas terminaron moldeando el destino de nuestras sociedades.
Como en la casa de Clara del Valle, a nosotros también América Latina se nos llenó de espíritus. No sólo de las miles de víctimas inocentes que han caído a lo largo de nuestra historia, sino también de fantasmas y, ante todo, espectros. Personas que, sin morir, perdieron algo esencial, la capacidad de ver al otro.
Es lo que pasa con Esteban Trueba.
Mientras Clara representa la libertad y la conexión con algo más grande que ella misma, Esteban, el patriarca, es el retrato de algo que conocemos demasiado bien. Lo que pasa cuando la identidad termina siendo más importante que el ser.
Esteban nació sintiéndose dueño del mundo y así actuó, pasando por encima de todo y de todos para conseguir sus objetivos. Moviéndose más por sus certezas que por el amor que sentía por sus mujeres.
Un “macho” incapaz de mostrar vulnerabilidad, de conectar con algo distinto a su dolor y su rabia. Un hombre endurecido por años de actuar como creía que debía hacerlo y no como realmente sentía.
Hay algo profundamente triste en quienes abrazan una etiqueta por encima de su humanidad.
Cuando ese hombre me miró como si no tuviera el derecho a existir, también yo leí en él una etiqueta.
Y es que llega un punto en el que tanto bando, tanta rabia y tanto miedo terminan anulando cualquier posibilidad de conexión.
Es lo que nos está pasando como sociedad.
No nos relacionamos como personas, sino como relatos. Etiquetas sin sombra, sin relieve, sin arrugas.
En Colombia alguna vez se hizo famosa la frase de que los buenos éramos más.
Quisiera creer, de forma ingenua, que no se trata de ser más.
Se trata de ser todos.
Ser, realmente ser, y no simplemente identificarnos con algo.
Si dejamos que una etiqueta decida quiénes somos, nuestro destino seguirá siendo la misma violencia que llevamos generaciones repitiendo.
No creo en la redención, ni en el perdón sin compromiso. Pero después de lo que pasó, lo único en lo que realmente quiero creer es en la posibilidad de no seguir repitiendo la historia.
Que frente a esta simplificación brutal de la vida, frente a este hervidero emocional en el que seguimos viéndonos como los unos y los otros, todavía podemos hacer una pausa.
Escuchar.
Quedarnos quietos un momento.
Y simplemente oír el canto de las aves.
De eso sí que estamos llenos.
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