Yakarta, la memoria del dolor


Yakarta, la memoria del dolor

Hace poco la escritora Rosa Montero señalaba en una charla que eso que llamamos memoria no es más que un relato que nos contamos a nosotros mismos. Víctor Martínez, periodista de videojuegos y uno de los creadores de Anait Games, lo resumía perfectamente en una anécdota.

En unas vacaciones en las que compartía con su esposa, su suegra y un amigo cercano, su hijo de apenas cinco años cayó por accidente a una piscina. Todos “recuerdan” haber sido la persona que se lanzó al agua para salvarlo. Todos.

A Víctor realmente no le importa quién haya sido el que salvó a su hijo. Le fascina cómo cada uno recuerda, de forma tan vívida, haber sido la persona que lo hizo. Tal vez lo hicieron todos. Tal vez sólo algunos.

No importa.

Lo que importa es lo que esta anécdota dice sobre la forma en que eso que llamamos pasado no es una verdad absoluta, sino un relato que construimos por y para nosotros.

Pero ojo, esto no quiere decir que no hayamos vivido lo que recordamos o que podamos simplemente ignorar la memoria, reescribirla cuando nos plazca. Nuestros relatos del pasado tienen límites.


«Nuestro cuerpo también recuerda»

Esa es precisamente una de las cosas que plantea Joserra, el personaje de Javier Cámara, en la serie de Movistar Plus, Yakarta. Aunque su mente trató de bloquear, de anular el recuerdo de los abusos de los que fue víctima por parte de su entrenador, su cuerpo los recuerda.

Ese recuerdo es lo que da forma a su vida, a sus decisiones y acciones, hasta que conoce a Mar, una chica que, según cree Joserra, es el instrumento perfecto de su revancha.

Lo real

Yakarta es la nueva serie del creador y guionista español Diego San José. Estrenada en noviembre de 2025 y dirigida por Elena Trapé, el propio Javier Cámara y el otro guionista, Fernando Delgado-Hierro, cuenta la historia de José Ramón “Joserra” Garrido, un exjugador de bádminton que representó a España en las Olimpiadas de Barcelona y que ahora sobrevive como profesor de educación física.

Algo que la serie deja claro desde el principio es que Joserra no ha abandonado realmente el bádminton. Aunque fue expulsado de la federación, dedica sus días a buscar jóvenes talentos con la promesa de llevarlos a jugar en Yakarta, Indonesia, una especie de tierra prometida para quienes practican este deporte.

Es así como Joserra conoce a Mar, interpretada por la joven Carla Quílez, otra chica con talento para el bádminton, pero una en la que se ve genuinamente reflejado.

Esta no es la típica historia deportiva de redención y triunfos. Al contrario, Joserra es un tramposo. Un personaje oscuro que reparte sus días entre cantar en un coro, entrenar a Mar, conseguir dinero para llevarla a diferentes torneos por España y jugar bingo. Un ludópata que vive lejos de su familia. Un personaje gris en el que es difícil confiar.

El problema de Joserra no es sólo que lo hayan expulsado del deporte de alto rendimiento y que recurra a toda clase de trucos para que sus pupilos obtengan la victoria. Su problema es que nunca logró dejar atrás aquello que le ocurrió a él.

Lo que busca Joserra no es sólo llevar a Mar a Yakarta. Quiere que la organización que lo expulsó tenga que reconocerlo como entrenador y colgarle una medalla.

Reivindicación. Justicia. Que quienes guardaron silencio y anularon su historia tengan que mirarlo a los ojos y reconocer que se equivocaron. Que su dolor y su miedo y el de los otros niños que fueron víctimas de su perverso entrenador sí fueron reales.

Lo colectivo

Creo que hay algo poderoso en contar la historia de perdedores que siguen perdiendo.

Acostumbrados, como estamos, a los relatos de victoria y superación personal, se nos olvida que el triunfo muchas veces no es el final del camino ni nuestro único destino.

La clave de la transformación de Joserra al final de la serie no es haber cumplido su objetivo. Es haber conocido a Mar, una chica que conectó con su historia, que la validó y que, al hacerlo, también compartió su propia vulnerabilidad.

Aunque Mar no vivió ni tuvo forma de comprobar la historia de los abusos de los que fue víctima Joserra, sí pudo ver sus efectos en el presente: su miedo a la oscuridad, su obsesión con la victoria, su dolor y sus vicios, así como el amor y el compromiso con una hija que aún tiene la esperanza de que algún día su padre pueda encontrar algo que lo vuelva a hacer feliz.

Narramos nuestra vida para entenderla. Y, al narrarla, también la reinterpretamos. Joserra había narrado la suya en función de todo lo que había perdido por culpa del abuso. En función de cuánto necesitaba que le creyeran, de que su historia fuera “cierta” para poder tener justicia.

Yakarta, imagen de Mar jugando bádminton. La protagonista está gritando en la cancha.

Lo hermoso de Yakarta es que termina sugiriendo algo distinto. Joserra creía necesitar que quienes guardaron silencio y lo expulsaron lo reconocieran, que validaran aquello que ocurrió. Sólo al final entiende que ese reconocimiento ya lo había obtenido.

Mar le creyó.

Ella supo reconocer las huellas de su dolor en el presente. Se puso de su lado y sacrificó cosas por él. Lo ayudó a sentirse visto.

Es en ese momento cuando Yakarta deja de ser el destino de Joserra.

Él ya no es quien importa. No en el bádminton.

Importa que Mar brille, que sea ella quien finalmente logre llegar a Yakarta. Ya no por él, sino por ella.

No quiero darles más spoilers. Simplemente quiero cerrar con esto:

En lo personal, entender que la memoria no es un archivo, sino un acto, una reinterpretación del pasado que hacemos desde nuestro presente, me ayuda a recuperar algo de agencia, de esperanza.

Si la memoria es el relato que nos contamos, entender que ese relato también puede ser compartido es una forma distinta de habitar el pasado. Y tal vez sea eso lo que muchos necesitemos. Que el pasado nos hable en clave de futuro, en clave de abrazo colectivo, aunque ese colectivo sea sólo de dos.

Síguenos en nuestra Newsletter: Muñeca Rusa

No hay comentarios aún

Deja un comentario

Tu correo electrónico no será publicado.