Una batalla tras otra: Paul Thomas Anderson y la revolución que ya fue televisada

Una batalla tras otra: Paul Thomas Anderson y la revolución que ya fue televisada

Nos parece distópico que el presidente de Estados Unidos monte un show para demostrar su poder ante los líderes globales y tratar de ganarse otra brillante medalla de oro, un Nobel de paz por supuestamente ponerle fin a una guerra que se libró con las bombas y las balas que él mismo proveyó. Pero esto no es nuevo.

En los ochenta, el otro presidente outsider, el actor Ronald Reagan, ya había convertido la política en entretenimiento y la guerra en patriotismo televisado.

Cuando la televisión se convirtió en el centro de la vida, ya no hizo falta censurar la revolución: bastó con emitirla entre comerciales, bastó con convertirla en relato, en producto de consumo para simplemente apagar su espíritu rebelde.

Lo mismo sucede hoy. No se oculta la rebelión, al contrario, se la manipula, se la simplifica, se la tergiversa. Los medios corporativos y los algoritmos que recompensan las narrativas de odio convierten el inconformismo en un relato simplista de polarizaciones, bots y gente enojada. Así ocultan el dolor real de una generación que se siente en los márgenes de la historia y de las historias.

Por todo eso resulta tan importante —y tan contradictoria— la existencia de Una batalla tras otra, la nueva película del director estadounidense Paul Thomas Anderson.

Los márgenes de la historia en Una batalla tras otra

Willa, una recién nacida, en brazos de Ghetto y Perfidia Beverly Hills mientras descansan juntos en una cama, en una escena íntima y cálida

Palabras más, palabras menos, Una batalla tras otra es la historia de Bob Ferguson (Leonardo DiCaprio), un revolucionario envejecido del grupo terrorista French 75, que intenta salvar a su hija adolescente Willa (Chase Infiniti) de las redadas obsesivas del coronel Lockjaw (Sean Penn) contra los pocos sobrevivientes de su célula revolucionaria.

Según Anderson, quería simplemente contar la historia de un padre que intenta salvar a su hija, pero en un contexto similar al de Vineland, la novela de Thomas Pynchon sobre la América de Reagan, de la que esta película podría considerarse una adaptación espiritual.

Si bien a primera vista la novela y la película tienen un planteamiento similar, el libro realmente es una reflexión sobre cómo el espíritu rebelde de los años sesenta y setenta fue consumido por la sociedad del espectáculo, por la televisión y por sus formas de simplificar la realidad en relatos básicos.

Bajo el thriller político y la comedia de acción que resulta ser Una batalla tras otra, Anderson no hace como Pynchon un comentario sobre la televisión o los medios, pero sí sobre los actos y los teatros de los extremos políticos en disputa.

Los aplana, los hace simples, pero no para anularlos, sino para devolverles su condición humana; para que podamos reírnos de lo absurdos que son nuestros rituales, creencias y miedos; de lo ridículo que es todo aquello que, cuando asumimos como cierto, convertimos en muro, en frontera.

Encerrados en nuestras burbujas de filtro, hemos convertido la realidad en una especie de partido de fútbol, buscando victorias morales, bélicas, simbólicas que nos demuestren que estamos en el lado correcto de la historia. Como ese presidente narcisista que amenaza con acabar con el orden moral del mundo, también nosotros parecemos estar en búsqueda de medallas.

Esa es precisamente la contradicción y la belleza de lo que hace Anderson. En lugar de entregarnos un relato pesimista, crea una de las películas más entretenidas de los últimos años.

Hace un espectáculo brillante, para conectar con esa audiencia que necesita estímulos nuevos todo el tiempo, pero no por eso omite el silencio, las miradas, la humanidad de personajes que se sienten anacrónicos en sus batallas, porque sí, toda batalla es anacrónica, toda batalla debería ser innecesaria… hasta que no lo sea.

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