“La salsa vive” es el título del documental del cineasta caleño Juan Carvajal, una producción que se convierte en una afirmación política, cultural y emocional. En una época en la que los nuevos ritmos han desplazado a la salsa de los rankings, Carvajal se detiene a preguntarse por qué sigue viva, dónde resiste y cómo se transmite.
Una de las principales respuestas no tarda en aparecer: en Cali porque allí la salsa no es moda ni tendencia; es identidad, es cultura.
Durante poco más de hora y media, el documental hace menciones de epicentros históricos del género como Nueva York, Cuba y Cali, esta última resplandeciendo con fuerza propia. Con imágenes de archivo, entrevistas a melómanos, músicos y personas de la escena, Carvajal hila una historia donde la salsa no solo se escucha: se recuerda, se baila, se hereda. Como lo dice el mismo Rubén Bladesn en el documental: «La música se convierte en la banda sonora de la vida nuestra».
Cabe anotar que una de las protagonistas de esta historia es la radio que juega un papel clave en el reconocimiento musical. Melómanos como Gary Domínguez rememoran cómo en los años 50 las emisoras estaban cargadas de guarachas, boleros y danzones.
Una generación que forjó un oído afinado que dio lugar, años después, a una ciudad que no solo escucha salsa sino que la convierte en un patrimonio vivo de sus calles.
Y es que este es un punto álgido, recientemente en el año 2022, el Ministerio de Cultura otorgó el reconocimiento de Patrimonio Cultural Inmaterial para este tipo de baile, uno de los tantos reconocimientos que han recibido en pro de destacar su importancia cultural y artística a nivel mundial.
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Buenaventura: el puerto en el que la música se dio paso
El documental también hace justicia al papel de Buenaventura, ese puerto del Pacífico colombiano que se convirtió en una parte del canal de entrada de la música afrolatina. Migraciones sonoras que se vivieron con fuerza.
Así entre un disco y otro, una radio y otra, una visita y otra, fueron las voces de La Sonora Matancera, Cortijo o Joe Cuba las que llegaron a los primeros espacios compartidos. Las canciones que llegaban desde Estados Unidos y el Caribe eran reproducidas en casas, bares, calles del centro y barrios populares. Allí se gestaba un fenómeno sin precedentes: la formación de una cultura urbana con la salsa como su núcleo.

Entre luces y sombras: una historia que también incomoda
Uno de los aciertos de «La salsa vive» es que no idealiza. Junto a la historia luminosa del género, el documental también expone sus grietas: el machismo estructural para no aceptar mujeres como cantantes, la relación con el narcotráfico en los años 80 y 90, y esa estética de la ostentación que se infiltró en la música desde los “bajos mundos” de la delincuencia.
El filme recupera escenas de fiestas clandestinas, conciertos pagados en fincas de narcos, y un ambiente que alcanza, por momentos, a desdibujar el carácter popular del género. Aun así, la salsa supo resistir.
Carvajal reconstruye este relato de manera muy honesta, sin embargo, no perdemos de vista que este documental es una carta de amor a la salsa con unos cuantos tachones, con algunos vacíos temporales en su reconstrucción y con personajes e imágenes faltantes que hubieran enriquecido profundamente la historia.
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Nueva York y la raíz migrante del ritmo
Las intervenciones de Rubén Blades a lo largo del documental son esenciales. El artista panameño recuerda cómo fue llegar a Nueva York en los años 70, cuando “había músicos famosísimos tocando en bares”. Blades narra su transición del inglés al español, sus encuentros con Tito Puente, Joe Cuba, Ismael Rivera, entre otros, y el ambiente vibrante de una ciudad que bailaba en múltiples acentos.
Uno de los secretos mejor guardados que revela el documental tiene que ver con el Boogaloo, un ritmo latino que nace de la fusión de ritmos afrocubanos y del soul. Según lo señalan en el documental, este ritmo “era muy suave” para las fiestas, así que en los barrios se reproducían los discos acelerando el tempo hasta darle forma a lo que hoy conocemos como salsa. “Los cantantes sonaban como ardillas”, cuenta uno de ellos, “pero la gente lo sentía más intenso, más sabroso”. ¿Y así quién decía algo? La intención era disfrutar.
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Un legado que sigue latiendo
La llegada de Richie Ray y Bobby Cruz a Cali en diciembre de 1968 marcó un antes y un después. Desde entonces, la ciudad ha sido anfitriona de orquestas internacionales, semillero de coleccionistas y punto de encuentro para fanáticos de todo el mundo. Aquí se baila en casa, en la calle, en escuelas y en plazas. La salsa se vive, literalmente.
Como dice Ángel Lebrón, compositor y arreglista puertorriqueño, en su testimonio sobre su primera visita a Colombia en 1979: “Nos hicieron sentir en familia”. Esa calidez es un reconocimiento mutuo entre quienes ven en la salsa una manera de existir y de contar su mundo.
Sí bien otros géneros como el reguetón han conquistado los charts, no significa que la salsa haya desaparecido y «La salsa vive» lo confirma: no estamos ante un recuerdo, sino frente a una resistencia cultural, así que, en conclusión, Carvajal la logró con su documental.
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